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Edulcorado

Apariencia. Base del ser humano, camuflando lo profundo y lo superficial. Escondite subrayado de la interacción de unos seres gregarios. El miedo impuesto por nosotras, ante la permisividad de unas reglas que abanderan la apariencia. Imposiciones inquebrantables de los más inmorales regidores de la ética y el poder. Cada ser humano amanece entre el humo de nuestra consciencia encadenada; cada palabra cohibida por la salud colectiva; cada acto sumido en el terror a la negación y condena, condena que abandera la apariencia. Un mundo apaciguado por lo insustancial, edulcorado por la ilusión de libertad, donde nuestra propia especie animal es nuestra carcelera, nuestro pestillo de seguridad, nuestra jueza. Solo en la duda reside la verdad, solo en ella se puede quebrar la apariencia impuesta por eso que hacen llamar conciencia. La libertad solamente puede radicar en una misma, coartada en nuestro pensar.

Fdo. La Figa Vegana

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Nanas

Estrecha es la mira por donde nuestro afecto resplandece. Se acota por las muestras inagotables del ego que nos imponemos a nosotras mismas. Todo a nuestro alrededor nos señala y nos insta a que la mirilla se acote y restrinja, hasta que quede aplastada por un puñado de normas que nosotras mismas fortalecemos. Los pequeños destellos de nuestro afecto que en ocasiones logramos ver son palabras de auxilio que nos dan claves para nuestra supervivencia. Vamos viendo poco a poco como el “no somos nada sin las normas” esconde la poderosa verdad de “nos estamos matando con esas normas”. Explicar y explicar una y otra vez el secreto de la felicidad, pero la ignorancia que nos somete por nuestras propias vendas nos impide filtrar la verdad. Nuestra propia verdad, nuestro propio afecto. Asumimos un conjunto de preceptos impositivos sin los cuales pensamos imposible la vida, pero nos retuercen para exprimirnos gota a gota nuestro ser. La caballería de números en suma podría desbaratar y violent...

Aves

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 Un fuero interno que repica, suave y lento, me susurra. Cierro los ojos y atiendo el latido. A mi izquierda unos tambores reverberan, me hacen vibrar y mis párpados trémulos se alzan. Delante de mí unos hilos ondulantes que se expanden. Un fuero interno que reluce, titila y refleja, me nubla la vista. Me rozo la piel y observo que aumenta mi temperatura. A mi derecha una brisa que me eriza el vello al contraste. Mi boca se abre y exhala repiques de mis cuerdas al viento. Los hilos se enredan entre mis dientes y mi lengua prueba el sabor del reflejo del sol. Me acuclillo mientras los hilos quedan suspendidos arrastrando palabras resguardadas en mi garganta. Me tumbo en la hierba con la nariz rozando el barro entre las hojas. Entonces la brisa me eleva unos centímetros del suelo, mi cuerpo traspasa una fina y húmeda capa, y mi cuerpo queda flotando a tanta distancia del barro que me es imposible discernirlo entre las nubes con tintes cálidos. Extiendo las extremidades todo lo que da...