El miedo al vacío. Aún cuando pensamos en el vacío lo hacemos sobre un concepto, un sentimiento, imposibilitándonos la propia proyección del vacío. Imaginamos lo que creemos percibir del vacío, lo que rodea nuestra concepción de ese miedo. Entonces, ¿por qué temer al vacío? En él ocultamos la realidad de nuestros miedos, las pérdidas que pensamos no poder superar o sin lo que creemos que no podemos vivir. La oscura voz de nuestro vacío que nos grita en los ovarios cada vez que tememos una pérdida. La pérdida de otra persona, de algo material, de un pensamiento o un sentimiento, del propio yo, tantos conceptos que se aglomeran en cada tránsito neuronal.
Estrecha es la mira por donde nuestro afecto resplandece. Se acota por las muestras inagotables del ego que nos imponemos a nosotras mismas. Todo a nuestro alrededor nos señala y nos insta a que la mirilla se acote y restrinja, hasta que quede aplastada por un puñado de normas que nosotras mismas fortalecemos. Los pequeños destellos de nuestro afecto que en ocasiones logramos ver son palabras de auxilio que nos dan claves para nuestra supervivencia. Vamos viendo poco a poco como el “no somos nada sin las normas” esconde la poderosa verdad de “nos estamos matando con esas normas”. Explicar y explicar una y otra vez el secreto de la felicidad, pero la ignorancia que nos somete por nuestras propias vendas nos impide filtrar la verdad. Nuestra propia verdad, nuestro propio afecto. Asumimos un conjunto de preceptos impositivos sin los cuales pensamos imposible la vida, pero nos retuercen para exprimirnos gota a gota nuestro ser. La caballería de números en suma podría desbaratar y violent...